Aunque un tanto tardíamente, al fin empiezo a escribir mi famoso bloq, aquel con el que tanto os he dado la tabarra.
Tras despedirme de Maider en Madrid, me monté en el vuelo hacia Dubai. Mi compañero de asiento era un hindú de cierta edad afincado en Lisboa que hablaba español perfectamente tras pasar varios años en Gran Canaria. Es un hombre muy perspicaz e intuitivo, al que la vida le había dado esa sabiduría que sólo te otorga la experiencia.
En Dubai tuve que esperar 9 horas para coger el siguiente vuelo, así que tuve tiempo de conocer el aeropuerto. Es un aeropuerto muy lujoso y moderno que impresiona al visitante. Lo cierto es que lujos aparte, lo que más me llamó la atención fue la diversidad de la gente. Árabes de túnicas blancas, sijs de altos turbantes y largas barbas, brahmanes envueltos en telas de vivos colores, hombres de negocios japoneses, australianos tan aventureros como desaliñados…, en fin que parecía que me estaba en una adaptación moderna de alguna novela de Emilio Salgari.
Después de tan larga espera, me embarqué en otro avión dirección a Bangkok. Mis compañeros de butaca eran, un alemán un tanto estirado, y un simpático y obeso italiano, cuyo olor corporal era sólo comparable con su aliento a alcohol. Se durmió nada más despegar, ocupando con su orondo cuerpo gran parte de mi asiento.
Tras tantas horas de viaje llegué por fin a Bangkok, donde no sin algún sobresalto (el teléfono no me funcionaba, no había comunicado por mail mi hora de llegada…, me encontré conmi amiga Arantza, la cual se estaba despidiendo en esos momentos de una amiga suya de Bilbao.
Tras despedirme de Maider en Madrid, me monté en el vuelo hacia Dubai. Mi compañero de asiento era un hindú de cierta edad afincado en Lisboa que hablaba español perfectamente tras pasar varios años en Gran Canaria. Es un hombre muy perspicaz e intuitivo, al que la vida le había dado esa sabiduría que sólo te otorga la experiencia.
En Dubai tuve que esperar 9 horas para coger el siguiente vuelo, así que tuve tiempo de conocer el aeropuerto. Es un aeropuerto muy lujoso y moderno que impresiona al visitante. Lo cierto es que lujos aparte, lo que más me llamó la atención fue la diversidad de la gente. Árabes de túnicas blancas, sijs de altos turbantes y largas barbas, brahmanes envueltos en telas de vivos colores, hombres de negocios japoneses, australianos tan aventureros como desaliñados…, en fin que parecía que me estaba en una adaptación moderna de alguna novela de Emilio Salgari.
Después de tan larga espera, me embarqué en otro avión dirección a Bangkok. Mis compañeros de butaca eran, un alemán un tanto estirado, y un simpático y obeso italiano, cuyo olor corporal era sólo comparable con su aliento a alcohol. Se durmió nada más despegar, ocupando con su orondo cuerpo gran parte de mi asiento.
Tras tantas horas de viaje llegué por fin a Bangkok, donde no sin algún sobresalto (el teléfono no me funcionaba, no había comunicado por mail mi hora de llegada…, me encontré conmi amiga Arantza, la cual se estaba despidiendo en esos momentos de una amiga suya de Bilbao.
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